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«EL GOMECISMO ANTE LOS DESMANES»

«EL GOMECISMO ANTE LOS DESMANES»

Resulta bastante obvio que, a fin de sobrevivir a las incertidumbres planteadas a partir de diciembre de 1935, el apenas debutante Eleazar López Contreras, en su condición de presidente provisional, cortara amarras y permitiera que la mitad de las naves del gomecismo se fueran a pique. La primera prueba de ello radica en que, cuando la calle comenzó a “desmandarse” durante ese propio mes de diciembre del 35, López hizo poco –o nada– por evitar los saqueos dirigidos contra las propiedades de connotados gomecistas o contra sitios emblemáticamente asociados al régimen del fenecido mandatario.

No bastó entonces con que el torrente callejero amenazara con dar muerte al gobernador Rafael María Velasco y al prefecto Elías Sayago en los vecindarios más céntricos de la capital, sino que la sede de El Nuevo Diario, vocero oficioso del gomecismo, acabara reducida a escombros por obra de la furia de los manifestantes. Además, para mayor confusión de los lugartenientes del gomecismo durante esos días iniciales sin un Gómez a la redonda, López, en lugar de volcar su apoyo a favor del gobernador Velasco, procedió a destituirlo de inmediato al llegar a Caracas procedente de Maracay.

Si López se hubiese inclinado por el uso de la fuerza habría tenido que hacer necesariamente buena la fórmula que tanto reclamaba el clan familiar gomecista en medio de semejante estado de zozobra: que se le diera curso, sin más, a la represión. De aquí se origina, si se quiere, el primer motivo de desencuentro que habría de registrarse entre López y quienes, desde los cuarteles del gomecismo más conservador, se colocarían del lado de Eustoquio Gómez confiando en que su primitiva crueldad pudiese servir como garante ante la actuación de los “facinerosos”. De modo que, para la perplejidad de los “arreantes” del orden hasta ese momento, “saqueos” que eran todo menos una expresión metafórica del momento sino manifestaciones de auténtico terror citadino no vistos en muchos años, siguieron su curso ante la mirada más o menos impasible del régimen que procuraba echar sus primeros cimientos y llamar a la calma en medio de una coyuntura tan azarosa.

Con todo, habría que reconocer que López hizo lo mínimo que habría cabido esperar de quien fuera tan cercano a aquel núcleo gobernante que ahora se declaraba en desbandada. Acompañado nada menos que por su propio futuro Ministro de Guerra, Isaías Medina Angarita, el nuevo gobernante dispondría de lo necesario a fin de que la diáspora gomecista no cobrase el aspecto de una tumultuosa estampida y se enrumbara sin mayor estridencia rumbo al exilio por la vía de la costa del estado Aragua sin tener que verse expuesta a pasar antes por la enardecida capital de la república.

Sin embargo, las filas de ese gomecismo del cual hubo de deslindarse López se verían afectadas, más temprano que tarde, al instrumentarse ya medidas confiscatorias formales de ciertos bienes. Para muestra un botón: la confiscación post mortem en virtud de la cual revertían a favor del patrimonio nacional las propiedades del difunto Juan Vicente. Esta medida, de la cual serían objeto directo sus herederos inmediatos, comportaba la notable implicación de todo cuanto significará condenar la memoria del otrora superior de López a la pena infamatoria de la confiscación, poniendo en duda así, como ningún otro expediente habría podido hacerlo mejor, lo que fuera durante tantos años el manejo que el propio J.V. Gómez hiciera de los fondos públicos.

La carta que a continuación se transcribe, dirigida por el periodista y futuro Individuo de Número de la Academia Nacional de la Historia, Jesús Antonio Cova, a López Contreras, en julio del año 36, a propósito de la destrucción de la sede de El Nuevo Diario, da buena cuenta del ambiente que ha pretendido describirse sumariamente en esta nota introductoria.

 

                                                                                                                                                                           EMG

 

 

Carta de J.A. Cova a Eleazar López Contreras

Caracas, 06/07/36

 

Caracas, 6 de julio de 1936

 

Señor General
E. López Contreras
Presidente de la República
Caracas. Palacio de Miraflores.
Distinguido General y amigo:

Llegado a Caracas en los días del paro general, esperaba que Ud. saliera de las múltiples ocupaciones de esos días para escribirle esta carta de adhesión y respeto. Antes de ausentarme de Caracas, por las circunstancias que Ud. conoce, por indicaciones de Ud. y por sugerencias del Dr. Parra, su antiguo secretario, visité al Dr. [Diógenes] Escalante, Ministro del Interior, y personalmente me manifestó que podía ausentarme temporalmente del
país, plenamente convencido de que a mi regreso, con la buena voluntad de Ud., él me prometía resolver, satisfactoriamente, la situación inmerecida que se me había creado, primero, con la destrucción de las oficinas y talleres de “El Nuevo Diario” y, luego, con la destrucción y el saqueo de mi hogar, único patrimonio de mis hijos, fruto de mi trabajo honrado de quince años de incesante batallar.

Contra mí, General, Ud. lo sabe, no ha habido hasta ahora públicamente ni siquiera una alusión personal, porque mi conducta como periodista y como hombre público estuvo siempre enmarcada dentro de los límites de la más absoluta circunspección. Mi decoro y mi buen nombre, hasta ahora no han sido puestos en tela de juicio. La agresión de que he sido víctima ha sido tan irresponsable como el hacha de los verdugos.

Como Director de “El Nuevo Diario” –en el año que me tocó ser su Director– cumplí hasta la mañana del 21 de diciembre en que fue destruido, con los deberes que me imponían la lealtad y mis propias convicciones. Sí eso hoy resulta un pecado, yo no me arrepiento de haberlo cometido.

¡Nuestro país, en la hora presente, está lleno de hombres desleales, que esta virtud, en los días que corren, parece una paradoja! La asignación de mil bolívares, que por mandato expreso de Ud. se me pagaba en el Ministerio de Relaciones Interiores para ayudarme a pagar en parte los créditos que tenía contraídos con el comercio de Caracas, y que tengo necesariamente que pagar, por ser yo el único responsable de ellos, me fue suspendida desde el mes de marzo, es decir, un mes después de habérmela Ud. concedido.

Yo aspiro, General, a que Ud. me oiga personalmente, y si por sus múltiples ocupaciones no pudiere darme esa oportunidad, me oiga entonces el Sr. Ministro de Relaciones Interiores para que transmita a Ud. las demandas que yo creo justísimas. Mi querido General: hago ante Ud. un sincero llamamiento, no ya al Presidente de la República, sino al hombre probo, de conciencia rectilínea, de padre de familia, capaz de medir en todo su alcance esta tragedia mía en la cual la maldad de los hombres destruyó en unos pocos minutos el patrimonio de mis hijos.

 

Créame su amigo de siempre,

J.A. Cova

Dirección: Carmen a Puente Arauca, N. 51-4.

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