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«EL TEMA DE LA GUAYANA ESEQUIBA»

«EL TEMA DE LA GUAYANA ESEQUIBA»

Se presenta en esta entrega el memorando titulado «La Guayana Británica y nosotros».

Resulta difícil precisar de cuándo data exactamente esta pieza sin fecha ni firma; puede tratarse de la época de López Contreras (1936-1941) o de la gestión de Medina Angarita (1941-1945), puesto que el contexto de fondo es la II Guerra Mundial, la cual, como bien se sabe, coincidió con ambas presidencias, bien que en etapas distintas, así como en lo atinente al número de naciones y geografías involucradas. Sin embargo, la calidad de algunos conceptos, tales como el de “nuevo orden basado en la justicia”, hace suponer que el documento en cuestión responde más bien a los tiempos del sucesor de López.

Lo más que puede decirse al respecto es que, en la parte superior derecha (y algo deteriorada del texto) figura, escrito a lápiz, el número “193”, sin que sea dable determinar con exactitud si ello guarda relación con la nomenclatura original atribuida a la correspondencia o con algún fragmento de fecha. En todo caso, por el tenor de lo allí expresado, así como en vista de la familiaridad de su autor con el tema de las aspiraciones históricas de Brasil en relación a la región de Guyana, el memorando debe haber corrido por cuenta de quien llegó a fungir como embajador de Venezuela en el vecino país entre 1930 y 1932, es decir, durante el ocaso del gomecismo.

La existencia de este documento en el Archivo Personal de López resulta interesante puesto que permite confirmar que, mucho antes de que se hiciera público el célebre “Memorando de Severo Mallet Prevost” en 1949, ya las autoridades venezolanas manejaban la tesis de la reivindicación del Esequibo frente a la falta de motivación que tuvo el Laudo Arbitral de 1899 y los excesos que acusó la actuación del Tribunal de París. 

En este caso, de lo que alertaba el autor del memorando que ahora se ofrece es acerca del destino que podía terminar cobrando el territorio esequibano al concluir la Guerra Mundial y, en consecuencia, el temor de lo que pudiese ser el futuro de esa zona a raíz de posibles decisiones británicas una vez concluido el conflicto de manera favorable a la causa aliada.

Ante ello, el autor del documento se plantea tres posibles escenarios, todos perjudiciales a Venezuela de no actuarse a tiempo. El primero es que, pese a los tiempos cambiantes a nivel internacional, Gran Bretaña persistiera en mantener control sobre ese territorio; el segundo, que los Estados Unidos se viera interesado en adquirirlo como parte de las deudas de guerra acumuladas por Inglaterra, algo que, de acuerdo con lo que se sostiene en el documento, fue también su intención en el pasado; el tercero, que Brasil, a partir de sus propias aspiraciones históricas en lo tocante a Guyana, procediera a reclamar como suyo parte de ese territorio perteneciente por antiguos títulos a Venezuela.

Según lo estima el autor, la solución menos perjudicial en ese momento era la de actuar de consuno con Brasil con el fin de que cada uno de los dos países perfeccionase los reclamos que tenía sobre la extensa región de Guayana a la hora de que este contencioso fuera abordado en el contexto de la posguerra.

                                                                                                                                                                                 EMG

 

 

LA GUAYANA BRITÁNICA Y NOSOTROS
(Memorando sin fecha ni firma)

 

No parece lejano el día de la desaparición de los últimos vestigios del dominio europeo en el continente suramericano representado por las Guayanas inglesa, holandesa y francesa. Los síntomas se palpan en el ambiente. Bien factible sería que la actual contienda armada precipitara los acontecimientos y que el final de la misma marcara también, al organizarse nuevamente la paz del mundo –conforme al “nuevo orden basado en la justicia”, anunciado a porfía por los dirigentes políticos de este lado del Atlántico–, el momento de registrarse esa etapa en la decadencia visible del poderío europeo.

Ya antes de ahora se ha hablado de la posibilidad de que dichas posesiones se desprendan de sus actuales metrópolis. Se comentó hace algunos años la probabilidad de que los Estados Unidos las adquiriesen en una u otra forma y, particularmente, se les atribuyó el propósito de hacérselas ceder por Francia e Inglaterra en pago de sus acreencias contra estas dos potencias, provenientes de la guerra de 1914-1918.

El Brasil, por su parte, cabe recordarlo, tuvo un litigio de límites con la Guayana Británica, al cual puso fin una sentencia arbitral dictada por el rey de Italia, completamente favorable a la segunda. Conversando sobre estos tópicos en los diferentes círculos con quienes entré en contacto durante mi permanencia en el país vecino, de 1930 a 1932, sin excluir los círculos de Itamaraty, recogí la impresión no sólo de que los brasileños nunca se han conformado moralmente con aquella sentencia sino de que sus aspiraciones van mucho más lejos: se consideran los herederos naturales de todo el territorio integrado por las tres Guayanas. Recuerdan como precedente a ese respecto, además del mencionado, la ocupación que ejercieron de la Guayana Francesa en el primer cuarto del siglo pasado, cuando aún eran súbditos de la Corona de Lisboa.

Señalo las intenciones atribuidas a los Estados Unidos y las esperanzas del Brasil para hacer resaltar la conveniencia de que nuestra patria se mantenga preparada a fin de exhibir y sostener eventualmente sus derechos en la Guayana
Británica. No debemos olvidar esos nuestros derechos históricos, de los cuales nos privó tan injustamente el fallo del Tribunal de París de 1899, reconociendo a la parte adversaria un área territorial de poco más o menos 200.000 kilómetros cuadrados, esto es, las tres cuartas partes de la superficie total de la actual Guyana Británica (270.000 kilómetros cuadrados).

Mucho ganaríamos si lográsemos concertarnos con el Brasil para cualquier acción que, en un futuro más o menos próximo, pudiera promoverse en aquel sentido. No sé hasta qué punto concordaban las aspiraciones venezolanas y las brasileñas sobre la zona otorgada después al Imperio Británico por las dos referidas sentencias arbitrales. Presumo, sin documentos a la mano y sólo por el conocimiento que tengo de la geografía de la región, que, de existir oposición entre unas y otras, recaería sobre una superficie relativamente pequeña. Pero esas discrepancias no constituirían sino un argumento más en pro del acuerdo que nos asegurase la solidaridad del gran Estado vecino para el día de la reivindicación. Y cabe contar con que la realización del designio hallaría camino ancho dentro del ambiente propicio ya creado por la acertada política de acercamiento con el Brasil que viene desarrollando nuestra Cancillería de dos años para acá.

No es de pensar, por otra parte, descontando las consecuencias posibles de esta guerra, que la Gran Bretaña haya de mostrar demasiado empeño en conservar una colonia de escasa importancia entre las que integran su inmenso Imperio. Muchos son los cambios que, por indispensables o útiles, reclaman en ese terreno los tiempos que vivimos, distintos de aquellos de fines del siglo XIX en que campeaba insaciable e irreversible la voracidad británica.

No serán los ingleses, siempre avisados, los que se resistan a aceptarlos en la hora oportuna. ¡Que no nos sorprenda desprevenidos la hora de las decisiones!

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